Con Gloria Alba, entrevista de Anuka

-Al principio de tu carrera, te debatías entre la psicología y la danza oriental. ¿Que hizo que la danza ganara el pulso?.
Nunca me debatí entre la psicología y la danza oriental, más bien, al contrario, sentía que se complementaban. Si tuviera que hacer una división diría que la psicología pertenecía –y pertenece- al campo de las palabras, y la danza era el mundo de lo corporal..

Pero en mi sensación, comprensión de ambas y sentimiento no había una línea divisoria que las mantuviera en estratos diferentes. Eran –y son- dos lenguajes que me permitían expresarme a diferentes niveles. En ambos está algo que yo aprecio muchísimo, lo sutil de la comunicación, es decir, ese “orden interno” que convierten un movimiento o unas palabras en algo que da sentido a nuestra vida.
No hubo pulso, cada momento de mi vida fue requiriendo un camino y en ese recorrido se quedó la danza como profesión, lo cual no quiere decir que la psicología haya quedado borrada de mi mapa, pero está en otro lugar.

-Has comentado que la primera vez que fuiste a Egipto no era la mejor cultura para que una mujer joven fuera por la calle con una amplia sonrisa, ¿por qué?
Siempre me ha gustado mucho viajar así que ya había visitado varios países. Con excepción de México –donde además tengo familia- el resto de viajes fueron a países europeos (Francia, Holanda, Bélgica, etc …). Con estos países, sin lugar a dudas, hay diferencias culturales, pero, digamos, que hay las suficientes semejanzas como para que uno sienta cierta comodidad intelectual. No sucedió así con Egipto donde las diferencias de mentalidad y costumbres representó en aquel momento un abismo. Es cierto que era muy joven, que viajaba sola y que desconocía absolutamente las particularidades de la cultura egipcia. Mi única referencia era Shokry, y era tan fácil el trato con él. En aquellos momentos visitar la cuna de la danza oriental era mi sueño así que no me lo pensé mucho, agarré una maleta y me fui. Llevaba un par de nombres de profesores de danza y la dirección del Instituto Cervantes. Mi mentalidad de joven europea chocó de continuo con barreras invisibles revestidas de situaciones insólitas. Una anécdota de entre montones: Salgo del hotel y el recepcionista me pregunta si me puede tocar el pelo. Pensé: ¿tocarme el pelo?, jamás me había encontrado en una situación semejante. Por un lado no sabía qué debía contestar y a la vez me pareció que tocar el pelo era algo ingenuo e inocente así que, un poco perpleja y tratando de no resultar antipática, conteste que sí …. Este sí desencadenó un mariposeo de manos disparadas hacia mi pelo (larguísimo) y el que no dejaran de molestarme mañana, tarde y noche. Si yo hiciera ahora la traducción sería algo así: hola europea, aquí a nuestras mujeres no se les puede tocar, pero ¿es cierto que ustedes son de “casco ligero”? y yo contesté sonriente; sí. De esta manera comenzó mi primer viaje a Egipto, lleno de equívocos y desaciertos. Hoy en día no sucedería algo así, las chicas viajan constantemente al Cairo y hay mucha más información a todos los niveles.

-¿Que sentimiento te evoca pensar en el Cairo?
El Cairo tiene que ver con los olores, mi historia con el baile y con un hombre, con personas con las que he convivido y que las siento de mi familia. Tiene que ver con que a veces añoro ese calor pegajoso, y que, ver, pasear o mirar el Nilo me reconforta. Que si no viajo con cierta frecuencia echo de menos ese “correr para ir lento” de la ciudad y sus habitantes. Sus “ruidos” forman parte de mi historia y me gusta.

-¿Que bailarina te ha conmovido profundamente durante su actuación?
Llevo treinta años viendo bailarinas de danza oriental (uff! digo esta cifra y siento una ráfaga de vértigo ) y disfruto mucho cuando me sorprenden. No es que tienen que hacer el shimi imposible o el ocho con triple velo, no, es más una cuestión de “temperamento de baile” lo cual conlleva técnica, expresividad y creatividad. La última que me ha sorprendió y conmovido ha sido una mujer de origen croata llamada Daria Mitskevitch
Me enorgullece decir que en las nuevas generaciones españolas hay bailarinas que vienen pisando fuerte.
Como tal vez se esperaba que hablara de las egipcias no decepcionaré a los lectores. Me encanta Naima Akef y durante años Mona Said fue indiscutiblemente mi favorita. Aprendí mucho de ella, incluso llegué a tomar clases hace más de … diez años?. Hoy en día, sin duda, Randa Kamel está en el número uno de mi lista. Me gusta mucho su técnica y me sorprende su fuerza.

-¿Crees que cualquiera es apto para entender la danza oriental, o hay que tener una sensibilidad especial?.
La danza oriental como cualquier otra manifestación artística es absolutamente apta para cualquiera, es decir, que quien sólo vea “carne” en una bailarina de danza oriental, sólo verá “carne” en un cuadro de, por ejemplo, Salvador Dalí. Su “Figura asomada a la ventana” está llena, entre otras muchas cosas, de matices sobre su historia, pero posiblemente haya quien lo único que ve es un trasero. No creo que esto quiera decir que la pintura no es apta sino que la miopía mental existe.

-¿Que le dirías a las chicas que ahora están descubriendo esta danza?
Aquí haría una división. A las que bailan danza oriental porque sencillamente se sienten bien les diría que sigan, que le hagan caso a su intuición, la danza oriental aporta multitud de beneficios a nivel físico (elasticidad, coordinación, armonía) y psíquico ya que sus movimientos conectan de manera muy directa con lo femenino. Yo no soy de las que suelen hacer apología, pero mi experiencia me ha mostrado suficientes veces que la danza produce cambios beneficiosos.
Para las que quieren dedicarse de manera profesional que se ocupen de formarse seriamente. El concepto de “maestro/a” anda un poco (bastante) desdibujado, pero es muy importante que las alumnas tengan un referente que marque el camino (y aquí quiero hacer hincapié en la palabra maestra/o como lugar de conocimiento que se gana con muchos años de experiencia). Hoy prima más el “picoteo” que da lo que da, es decir, cierta superficialidad. Hacerse bailarina implica cierta impregnación y esta no se adquiere más que a base de tiempo y trabajo. Afortunadamente también hay profesionales muy serias con una dedicación constante que llevan la danza oriental a la altura que precisa para ser un arte.

-Tuviste un accidente que te apartó de la danza durante 3 años, ¿Llegaste a pensar que seria para siempre?.
Sí, los primeros pronósticos me apartaban para siempre del mundo de la danza, y tanto es así que el primer año nada hacía presagiar que fuera a pasar otra cosa. Pero yo tengo un espíritu luchador y poder bailar se convirtió en el gran reto. Yo sabía cual era el camino, trabajar y trabajar cada día, dar de mi todo lo que podía y no flaquear en el intento y así, pasito a pasito …. .
Yo tuve durante esos tres años un rehabilitador que trabajaba conmigo a diario y un día le dije: quiero que vengas a ver una clase que voy a dar (la casualidad me empujó a hacer una sustitución que iba a ser el principio de mi labor docente). El vino, se sentó en silencio y cuando terminé le pregunté: ¿crees que debo seguir con la rehabilitación? me miró (sé que emocionado porque de alguna manera mi logro también era su logro) y contestó: no, y ahí terminó esa etapa de mi vida.

-¿Que proyectos tienes a corto plazo?
Me permito coger la respuesta de otra entrevista que me hizo Marina Salvador ya que contesta exactamente sobre cual es mi principal proyecto a corto y largo plazo.
Desde hace unos años vengo pensando en toda la cuestión de la trasmisión en la danza oriental. Es una danza que padece de un gran desconocimiento técnico. La mayoría de las alumnas aprenden tratando de seguir a la profesora como buenamente pueden sin tener ni idea de qué están haciendo, claro, que las profesoras (no digo que todas) aprendieron de la misma manera. Tenemos empacho de pasos, combinaciones y coreografías y un déficit importante de comprensión técnica. Es por todo esto que este año mi proyecto es trabajar para darle a la técnica el lugar que se merece. Reúno dos condiciones importantes para llevar a cabo esta labor: una, me encanta la enseñanza y dos, tengo los conocimientos y la experiencia suficiente como para ayudar a profundizar en su formación a las profesoras y bailarinas. Es por esto que mis talleres llevan como nombre “Pensando la Danza”.

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