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Doy la bienvenida a todos a mi espacio web, en el que encontraréis toda la información, tanto de mi trabajo personal, como del trabajo y actividades que realizan otros profesionales en mi centro.

Del 3 al 6 de AGOSTO INTENSIVO CON SONIA SAMPAYO

Horario

    19,00h a 20,30h - Conciencia Corporal   

    20,30h a 22,00h - Danza Africana            

   
Precio

6 h de Taller      80€ 

12 h de Talleres  130€  ¡¡PAQUETE DESCUENTO!!

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Taller “Las Espirales del Cuerpo”

Día - 8 de agosto

Horario

        de 11,00 a 14,00

        de 15,00 a 18,00

Precio – 92€

 

MI EXPERIENCIA CON LA DANZA ORIENTAL - PROCESO CURATIVO Y TRANSMISION DE UN MODELO DOCENTE


Quiero dedicar esta breve (mejor dicho, abreviada) historia a todos. A la mayoría que va a leer esto ni siquiera os conozco, no sé de qué manera os puede servir o si os servirá, pero…tantas veces me han dicho: cuéntalo Gloria (médicos, amigos, etc.) que después de montones de años, lo hago; me animo y lo cuento.

Una de las trabas que he tenido para escribir sobre esta vivencia mía, es que no quiero sonar a libro de autoayuda (¡me espantan!) modelo: tú sí puedes. Quiero transmitir algo menos eufórico, más sereno. No se trata de alentar a dioses internos, ni externos, se trata del trabajo y el tesón, y, desde luego, de querer estar viva en el sentido más amplio del término.

Estamos, vosotros y yo, en el año 1987 (ya sé que muchos no habrías ni nacido o seríais pequeños, pero es una historia, mi historia, entrar, os invito ;-)). Me dedicaba a la psicología y a la danza oriental (Egipto ya llevaba unos cuantos años instalado en mí vida). Era joven (espero que 30 años os parezca joven), independiente y aventurera. Me encantaba viajar, conocer, aprender! Estaba llena de vida e ideas de cómo quería que fuera esa vida mía.

Y…hasta aquí, un mini gráfico de mi trayectoria hasta ese año, PERO (este pero es irremediablemente con mayúsculas y en negrita) tuve un accidente de coche que tuvo como consecuencia una hemi sección medular y, por tanto, una parálisis (hemiplejia lateral y una hemiparexia). Aún recuerdo las primeras palabras del médico en los primeros momentos. Me dijo: vas a tardar un tiempo en recuperarte (imagino que me lo comunicó así por ser condescendiente, porque a mis padres les dieron peores noticias, mucho peores)… y lo que yo contesté: sí?, cuánto? más de una semana?... Fueron casi tres años (aunque la verdad es que ha sido el resto de mi vida), pero dejé de pensar en el tiempo, no ayudaba.
Mi vida quedó dividida en dos únicas direcciones: trabajar, trabajar y trabajar o, como decía mi fisioterapeuta, “quedarme en el garaje” (hacía alusión a un coche estropeado). La elección era mía, la tuve clara desde el momento cero.

Durante todos estos años, no he tratado de ocultar que tuve una lesión medular y todo lo que esto ha supuesto en mi vida. Mi silencio también queda disculpado porque  he querido saber hasta dónde podía llegar sin que nadie, ni yo misma (sobre todo, yo misma), me justificara ante ninguna de las dificultades.

He tenido siempre a mi favor que soy de esas personas que creen firmemente en lo imposible, esto ha sido, y es, mi brújula.

Volver a “ponerme de pie” (aprender a caminar de nuevo, a sentarme, a levantarme, a correr, a saltar, en fin, todo eso que pertenece a la mecánica inconsciente),  no fue una secuencia técnica de reaprendizaje del movimiento o, al menos, no fue solamente eso. Cada logro conseguido, cada pasito (literal) era algo emocionante. Me encontré embarcada en una aventura en la que todo dependía de que yo diera el 100% continuamente.

He comprendido y apreciado, como nunca, cuanto están relacionados el movimiento, el pensamiento y las emociones. Y han estado puestas a prueba, también como nunca, mis capacidades, incluidas las que no conocía. Todo esto creó en mí (tal vez ya estaba antes?, no sé, no lo recuerdo) una intensa relación con la vida, con lo vital y el movimiento.

El resto fueron horas y horas de rehabilitación (no voy a aburriros con esto, es largo) con una primera meta; recuperar movimientos que me permitieran volver a “tocar el baile”, pero no porque quería volver a ser bailarina, sino porque era ahí donde quería llegar... a lo impensable.

Mi danza ya estaba antes, sí, pero mi manera de entender y apreciar la danza, se enriquece hasta donde no sé si habría sido posible llegar sin esta experiencia vital.

Entendí que el movimiento, lo sutil del movimiento, su comprensión, era la base de algo enriquecedor y muy potente que me había ayudado a ponerme de pie, en sentido literal y metafórico, y a algo más complicado, más exigente, a precisar. Era tener una herramienta para el conocimiento, la libertad y la creatividad.

Queda así definitivamente marcado mi camino en la danza.

Me dedico, con entusiasmo, a la docencia porque quiero transmitir, compartir y enseñar toda esta construcción vital sobre el  “lenguaje del movimiento” y todas las posibilidades que ofrece y abre. Mi lenguaje, ya lo sabéis la mayoría, es el de la danza oriental, y a ese me ciño, pero el lenguaje del movimiento, es universal, y, por lo tanto, aplicable a cualquier “idioma danzístico”.

En cuanto a la danza oriental, le sumo a todo lo anterior que mis conocimientos culturales, musicales y de danza los aprendí y asimilé en Egipto, pero no con ellos, sino entre ellos. He crecido en la danza oriental impregnada de los colores, olores y sonidos de Egipto. Puedo decir, sin exagerar, que después de más de veinticinco años de estrecha relación (antes ya viajaba, pero como tanta otra gente, paseando por su cultura), conozco sus códigos y reglas, como conozco los de mi país. Es justamente este mestizaje del que mi danza toma cuerpo.

Entenderéis ahora que cuando alguien me dice que soy muy técnica, sé que no saben todo esto que está entre “las palabras de mi danza”, porque para mí, técnica, no es algo enfrentado a sentimiento, para mí, técnica, es viva… y bailando. Es decir, sentimiento, pero a ese sentimiento, es cierto, le facilito herramientas técnicas para que, orgulloso, “se ponga de pie”.

Agradecer a todos los que han estado en este camino: mis padres y hermanos porque nunca me mostraron su congoja, a mi tía Menchu que no se separó un instante, y a todos los que se quedaron lo suficientemente cerca para que sus “brazos” me sirvieran de apoyo.

Gloria Alba

 

 

 

 

 

 

 

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